5 ago. 2008

Óscar David López


(Foto: Abraham Palafox)



BIOGRAFÍA

Nació en Monterrey, en 1982, es narrador, poeta y ensayista. Recibió el Prix de la Jeune Littérature latino-américaine 2005-2006, MEET, Saint-Nazaire, France. Además ha sido becario de Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs de Saint-Nazaire, France (2006); del Centro de Escritores de Nuevo León (2005). Ha publicado la novela Nostalgia del Lodo/ La Nostalgie de la boue (MEET/Conarte, 2005); los libros de poesía Gangbang (FETA, 2007) y Perro semihundido (UANL, 2008). Fue director de Himen, editor de Harakiri Plaquettes y miembro del colectivo Otra Orilla. Actualmente mantiene su bitácora electrónica en oscardavidlopez.blogspot.com

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Óscar David López quiere afectar a:


Gabriela Torres Olivares

Jénnifer Ádcock

Nohemí Zavala

Liliana V. Blum

Fernando Mol Treviño

Dulce María González

Antonio Ramos


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EFECTO CELOS


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Amor de mujer, respondieron las Sabias cuando les conté mi idea para educar al vagabundo. Aniquilarlo por presión. Igual que los picotazos del carpintero en mi zona de dolor. Yo estaba sobre su cuerpo y esperaba que se corriera para que el plan comenzara. Adentro. Adentro. Afuera. Adentro. Adentro. Adentro. Afuera. Adentro. Adentro. Adentro. Adentro. Afuera. Sus ojos eran la mirada de un gati-reloj. Tic tac: no voy a terminar dentro. Tic tac: me salgo y giro su cuerpo. Tic tac: me la vas a chupar. Tic tac: métetela hasta la campanilla. Tic tac: tu mierda tan nítida como la menta. Mi (nuestra) verga es un caramelo. Derrítela sólo para ti. Chúpala. Muérdela. No dejes que la prensa guíe esta paranoia sexual. No hay restos seminales de nadie más dentro de sus intestinos. De su paladar. De su corazón. Sólo soy yo (somos nosotros) en este momento aunque él está mirando el televisor apagado al devorarme.

No hay prensa. Silencio. No hay mensajeros electrónicos en nuestra cama. Silencio. No hay fantasmas. Silencio. Me siento de la chingada. (También nosotros). La erección se me baja. (Se te baja). Se limpia la boca, el culo y el pecho. No hubo explosión. Estoy negado (estamos negados). Está negado. Creo que él está pensando en alguien más (y no en alguno de nosotros). Saco del cajón un dildo. Una reproducción de la tour Eiffel. Lo giro bocabajo. Y me prometo (nos prometemos) que olvidará. Sea quien sea en quien esté pensando: por estos celos. Juro (nos juramos) que lo olvidará antes del amanecer. El carpintero picotea y ya no temo.


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El chico del mensajero electrónico y toda la prensa basura. El carpintero picotea y me lleno de temor. Mi corazón, un fan que todo lo trata de desmentir. El vagabundo es un rompecabezas abstracto de la feminidad inglesa reducida de la música pop noventera. Yo no amenazo porque siempre me siento amenazado. No quiero pederlo aunque sea él quien pierda más: yo tengo una casa y dentro me tengo a mí. Yo (y todas mis ganas) necesito (necesitamos) de su piel cuasi flor de la intemperie nocturna: su espalda trenzada en punto cardinal cual ombligo saltón.

El miedo se inclinaba sobre mi nuca: un pájaro carpintero me invade la razón. Entonces juego a ponerme en blanco. Mantengo un ritmo de respiración ligero y ausente. Prohibido erupcionarme. No porque vaya a pensar que soy precoz o estoy sumamente enamorado: NO. Lo mío es hacerlo sufrir. Destrozarle el culo. El sexo es duro por gusto, ahora me digo con el tono nasal de las Sabias.

El carpintero picotea y espera, vuelve a picotear y espera, un grumo de sangre. El carpintero hace gárgaras con mi sangre y vuelve a picotear. Yo estoy sobre el vagabundo: le doy mi cuerpo con un ataque de celos (antes su cuerpo fue de alguien más) y de miedo (en cualquier momento se iría con cualquiera).

Algo de suicida tiene mi cuerpo cuando el amor. Aunque a nadie le importa. Al chico del mensajero electrónico nunca le explicará que yo no mamo ni beso con gracia a menos que sea después que su mierda le invada los labios. Blow-job after coitus interruptus. Poco le importa al vagabundo que atiendo con la exquisitez de un cliente cinco estrellas. Si quieres mi futuro olvida mi pasado, advertiría si de las Spice Vagabunda se tratase. Pero luego la magia negra de las revistas independientes mostrarían los portafolios fotográficos de cada integrante del grupo cuando apenas en la adolescencia su vello era bello y limpio.


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Pasaron un par de semanas en donde los dos muy confiados montábamos picnics a la orilla del precipicio. A veces olvidábamos usar condón y lubricante. A veces me lavaba la boca con su cepillo dental. A veces creía que era yo quien debía quedarse en cama mientras otro yo debía salir a trabajar. Tenía miedo que el aburrimiento lo empujara fuera de casa y no regresara.

Una noche en el mensajero electrónico ocurrió un reencuentro. Alguien que había estado en la fiesta me dijo que conocía al vagabundo. Me contó la historia de su mutua sexualidad. Que lo mejor era cómo mamaba la verga. Que no olvida su nostálgica costra desde las nalgas al empeine. Mostré interés haciendo la charla interactiva. Si quería contarlo, yo escucharía. Estoico me volví cual ojo omnisciente.

El vacío se abrió en mí. Me tragó. Celos. Instinto asesino. Suicida, incluso. Matarlo antes que abandone mi casa. Ya no soy yo recostado sobre ese enorme hueco sino una sombra tan pesada como el deseo de aprehenderla mientras logro encender la luz. Ahora sólo necesito de una enfermedad de verdad. Los celos son cosa de niños. ¿Pero el miedo?


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Pescaba todo lo que gratis apaciguara mi inmediatez promiscua hasta que un día tropecé con su sombra: el día de mi regreso a esta ciudad de corazones tijereteados. Dijo sentirse una sombra cuando corrí las cortinas de la habitación. En realidad lo era. Para los vecinos representaba lo mismo que él o cualquiera se encerrara en mi caja torácica: un hueco en mi propia soledad para echarme al placer. El cuento es que te enamoraste, escuché al teléfono cuando ordenaba los desechos amorosos una semana después de aquella fiesta.

Un vagabundo, me advirtió una de las Sabias, la más puntillosa, aunque está necesitado de amor siempre podrá defenderse con “yo no te pedí nada”. Era cierto: él estaba a la espera sin condicionar ni ofrecer nada. Nunca podrás establecer un contrato de comercio ni retribución, remató la muy puta al terminar la llamada. Comprendí que el vacío era mío pues había regresado otra vez para enamorarme en la misma ciudad, pues yo mismo había abierto la puerta al vagabundo para limpiarlo, alimentarlo y asearlo.


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Meses atrás había pulido ciertas piezas con la entereza de quien nunca volvería a atravesar el páramo de los celos. Por eso recorrí París, Tijuana, Montreal. Aeropuertos tan sucios en el reflejo de la mirada de un posible ligue que entra al cubículo de a lado. Esa noche había regresado con un brazo roto, amoratado: me escondí en un baño público para controlar ese rato de “puro instinto”, como lo llamaban las Sabias, pero en realidad esperaba que alguno abriera la puerta y me orinara el rostro y me pidiera disculpas y luego me golpeara el rostro con su verga. Conocí tantos hombres que comencé por llevar un registro del tamaño del pene y de la abertura y cierre del ano.

Yo soy uno de esos dos que durante una fiesta vivieron de cerca labios, lenguas, alcohol y clóset. Rendijas de luz golpeaban los cuerpos mientras los minutos del juego daban en el blanco: yo acababa de regresar a la ciudad y la fiesta era por mi regreso. Sea arenoso sea líquido: blanco siempre el deseo. Sobre la cara. Sobre el pecho. Sobre la próstata. Tenía miedo de que me gustara volver a la ciudad y su desdicha. El sexo es duro por inherencia, decían mis amigas. Las muy Sabias.


3 comentarios:

Mario Alberto Bautista dijo...

Hola Óscar David. Bienvenido y gracias por participar en este proyecto.

Un saludo a todos, esperando sus impresiones.

Sergio dijo...

Óscar,nice job!

Anónimo dijo...

Leeento...