16 ene. 2009

Rodrigo Alberto Cuellar


Presentamos al Ganador de nuestro primer concurso virtual de cuento.

Rodrigo Alberto Cuellar (México DF, 1990).

Como autor de narrativa, obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Cuento Campirano Marte R. Gómez 2008, convocado por la Universidad de Chapingo, con el relato El único sol triste, y ha publicado los cuentos Ya vamos rumbo a Zempoala y Olía a flores en la Gaceta del Centro Universitario Angloamericano, en donde estudia la preparatoria.

En teatro, es autor de la obra Ceniza de ángeles, puesta en escena en octubre del 2008. Estudió teatro tres años en el Centro de Arte Dramático (CADAC), donde actuó obras como Pic-nic, de Fernando Arrabal, Pensando en chiquito y Porque la muerte no me es ajena, ambas creaciones colectivas, así como El siniestro y escalofriante doctor Frederick Ludwing von Mamerto o Antes de ver a un psicólogo consulta a tu abogado o Y tú ¿Quién eres?, de Antonio González Caballero, y la pastorela El octavo pecado, que participó en el XV Festival Hispanoamericano de Pastorelas. Durante dos años formó parte del grupo de teatro independiente “Teatro X”. Próximamente presentará el monólogo Nos imputaron la muerte del perro de enfrente, de Alejandro Hernández, en el Primer Really de Teatro 2009, organizado por el Centro Cultural el Foco.

Cuarto para las…

Cuarto para las diez. El tren no avanza. La esperanza de Ana, y las velas que seguramente ha puesto, se derraman sin misericordia. Puede que esté perdiendo ganas, el vigor que es tan suyo en la cama. Y yo aquí, atorado en un tren que no avanza. Estoy sudando, eso no es bueno, no le gusta: menos besos en la piel. El tren por fin avanza. El cabello se me escurre de a poco, no habrá caricias por el rostro. Llego a la última estación. Ahora, de prisa, camino como si corriera. Faltan cinco cuadras, es decir, poco, es decir, mucho. He tenido la boca abierta demasiado tiempo, muchas bacterias en el aire, mal aliento, no habrá besos ¡No puede ser! El sudor me lo podré limpiar con algún pañuelo, el cabello ni modo, tendré que pedirle que me deje usar su baño (reprueba eso, para ella es signo de desconfianza). Pero el aliento… ¡claro! los chicles que me ha dado Sebastián. Los puse en la bolsa del saco. Busco en el bolsillo izquierdo, una grapa, tres clips, una pluma. En el derecho… un pelaje, movimientos ágiles, consistencia suave, qué. Me detengo. Palpo por afuera del bolsillo y no siento ninguna irregularidad, nada notable, los chicles a lo mejor no se sienten por pequeños, deben estar en el fondo. Meto de nuevo la mano al bolsillo, una bola, una cola, un chillido, Cabrón. Saco la mano como si lo que estuviera adentro fuera una llamarada, miro la bolsa, desconcertado. Y de nuevo, con mucha lentitud, vuelvo a introducir mi mano. Ahora, cuando la saco, tengo una pequeña y finísima mordida de la que escurren dos gotitas de sangre… ¿Cómo entró, y cómo saco al ratón? Hago un repaso rápido de los momentos y lugares en los que puse mi saco: nunca al alcance del suelo, nunca en alguna inclinación, un orificio, nada. Cómo entró. Diez y media. Me he demorado muchísimo ¿seguirá esperándome? ¡Tengo que sacarlo! no hay más remedio: lo cogeré y lo dejaré en la calle. Hace mucho frío como para pensar en quitarme el saco, y soy totalmente incapaz de matarlo. Introduzco la mano mientras sigo avanzando, no hay más tiempo qué perder, meto la mano y… Sostengo dos ratones entre mis dedos, ambos blancos, me miran con sus rojizos ojos, no se mueven, van temblando sobre mi palma a causa de mis acelerados pasos. Me miran como si me estuvieran acechando. Carajo. Los dejó en una maceta del parque. Diez cuarenta. El sudor. El aliento. Los chicles. El bolsillo. Tres ratones. Me detengo. Los miró como si en vez de ratones lo que tuviera en la mano fuese un elefante. Los dejó en otra maceta, busco los chicles y ahora hay tantos ratones en mi bolsillo que me es imposible tomar uno, se deslizan cayendo unos sobre otros, algunos me muerden. Voy sacándolos de dos en dos, y siempre que están en mi mano se detienen, me miran, y me acechan. Pero estos, a diferencia de los primeros, se mueven, se deslizan, se orinan por mi traje en lo que yo saco otros del bolsillo. Avanzo. Las once. No me esperará. Los ratones están dentro de mis pantalones, de mis calcetines, otros cuelgan de mi corbata, algunos muerden. El aliento. Los chicles. De dos en dos se asoman del cuello de la camisa, de las mangas, de mi cuello. No habrá vigor, no habrá cama. Todos me muerden. Al cuarto para las doce encontramos el cadáver.